domingo, 20 de febrero de 2011

UNa vez soñé

Antes de comenzar esto, aclaro que no existe una historia. Hay un pasado que puede traernos un presente, pero no un futuro.

Empiezo por el final, porque es el principio de mi relato, de cómo la conocí.

Es de noche, la hora no importa. Hoy fue un día muy cansado, despertar temprano para ir al trabajo me ha agotado de sobremanera, hacer la rutina diaria me está aburriendo, creo que debo de hacer más interesante mi vida. El desayuno debe de ser más sólido que líquido, adiós Red Bull (no por hoy).

Siempre me ha gustado verme por las mañanas frente al espejo, hacer un ejercicio de visualización para saber si he obtenido algún poder o si mi semblante a cambiado, gran decepción… sigo siendo el mismo, no hay cambios.

El tiempo es mi enemigo número uno, creo que otra vez llegaré tarde a la redacción; no hay que pensar, agarro la camisa a cuadros que está colgada, los pantalones que me he puesto toda la semana, y los tenis que me regaló mi amigo Andrés antes de irse a New Orleans, no sé nada de él desde entonces.

Salgo corriendo, sin saber que iba a olvidar la billetera que me compré hace un año. Siempre me ha gustado hacerme obsequios, lo merezca o no. Abordo el metrobús, no me gusta usarlo porque siempre va a reventar, pero no tengo de otra, es el medio de transporte que más me acerca al trabajo.

No me puedo mover, la única tarea básica que puedo hacer es respirar, parpadear y pensar (a veces). Por fin me pude bajar, en una estación incorrecta, me pasé pero no es de sorprenderse, no es la primera vez y sé que no será la última. Abro el cierre de mi mochila, saco los audífonos, los conecto a mi reproductor, ¿Qué canción quiero escuchar? La que sea, sólo quiero soñar con ella. Agarro el último cigarro y en serie polaroid lo llevo a mis labios, le prendo fuego y saco la primera bocanada de humo.

Escucho An Animal In Your Care, de Wolf Parade; hace tiempo no paraba de escucharlos, su música me provoco una adicción, así como lo hace una droga en el cuerpo de cualquier hombre. Camino a una velocidad normal, siempre he pensado que las personas que caminan rápido tienen serios problemas y que intentan escapar de ellos.

He llegado a mi trabajo, no he podido dejar de pensar en ella, prendo el ordenador, necesito terminar la nota sobre el ciclo de Federico Fellini, he de aceptar que soy un fiel seguidor al cine de éste Director italiano. Muy bien, voy a empezar con la Dolce Vita.

Fellini, que trabajó con Pasolini en este proyecto, intentó hacer una reflexión en torno a la figura del periodista, que había sido abordada desde mucho tiempo antes, sobre todo por el mejor cine hollywoodense en la década de los cuarenta y cincuenta (The Front page de Lewis Milestone, Ciudadano Kane de Orson Welles o Meet John Doe de Frank Capra, por mencionar algunos), pero fracasó. (Creo que me estoy desviando).

Después de un largo rato de regresiones, he terminado la nota de aquel cineasta que me hace recordarla a cada instante, su nombre seguirá muy presente en la sensibilidad de mis labios. Quiero verla.

Ha llegado la hora de darme un descanso, no tengo ganas de regresar al trabajo, me saldré con mis cosas sin despedirme de nadie. Soy libre, iré a la tienda de discos por el cd de David Bowie, quiero el Aladdin Sane. Cada vez que escucho Drive in Saturday, me recuerda la Opera Prima de Anton Corbjin, basada en la vida de Ian Curtis, vocalista y líder de la extinta banda Joy Division.
Estoy varado en la entrada de la tienda con mi compra en la mano, viendo al oeste y contemplando la puesta de sol.

La tarde está cayendo y yo todavía no sé qué hacer; lo mejor será que vaya por una cerveza, quiero despejar mi mente, no puedo sacarme de la cabeza una canción que escuché el primer día que hablé con ella.

Estoy de pie en la barra con la mano izquierda agarrando la cerveza y con la derecha recargada en el mostrador, hago una revisión de rutina, puede que me encuentre algún conocido, mala suerte no conocía a nadie, hasta que vi una silueta familiar. Ahí estaba ella, de pie al igual que yo, con un look bastante fresco, sin ser fachoso y con el cabello acomodado del lado izquierdo, unos jeans claros y un par tenis de color azul.

Se acercó a la barra pidió una cerveza clara y volteo a sonreírme, le contesté con ánimo el saludo. La seguí con la mirada sin que se diera cuenta hasta que se sentó un una mesa para dos, regresé la mirada al fondo de mi botella y sufrí por un instante. Escuché un “tss” y voltee a verla, me hizo una seña con la cabeza de que la acompañara a su lado.

No hablamos nada, sólo quería verla, no necesitaba abrir la boca y decir un “qué tal”, en ésta ocasión sólo nos vimos como dos extraños que se encuentran en la calle. Llamó al mesero, le susurró algo al oído y se paró de la mesa, me quedé atónito, no sabía lo que pasaba. Le dije un “oye” acto seguido ella me respondió, “ven, vamos”.

Llegamos a la entrada de lo que imaginé era su departamento, claramente vi cómo sacó las llaves de su bolso y abrió la puerta. Me invitó a pasar, sacó de la nevera una botella de vino y tomó un par de copas de una vitrina. Me senté en la orilla del sillón, estaba excitado, no sabía que pensar o cómo actuar.

Antes de sentarse a mi lado prendió el estéreo y empezó a sonar una canción ligeramente conocida. Me entregó una copa a medio llenar. Me dijo: “me llamo Sofía”, sonreí, le di un trago al vino y contesté: “Fidel”. Platicamos mucho tiempo y el vino fluía cada vez más rápido, la lengua la sentía entumecida, pero nunca deje de beber.

Los dos estábamos ebrios, tomados de la mano y viéndonos fijamente a los ojos. La besé como si no tuviera otra oportunidad de hacerlo, Sofía me soltó la mano para cerrar mis ojos y acariciar mi mejilla. Mientras tenía los ojos cerrados no pensé en nada, no había colores ni puntos en blanco. Y los besos y la saliva y las caricias eran diferentes, el vino hizo lo suyo. Ahora, estamos de costado, como dos amantes entrelazados en una cama. Desearía nunca despertar.



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