Aunque lo evité por mucho tiempo, el destino ha vuelto a poner en mi camino aquel lugar. Aquel lugar donde alguna vez, hace varios años, fracturamos para siempre un novato amor. Aquel lugar donde rompí tu confianza y tu mi corazón. Aquel lugar donde derramaste lagrimas. Lagrimas que aun gotean en mi mente pues esa escena fue tan cruel como quitarle su madre a un bebé. De verdad me duele recordarlo. Sin embargo, ese trayecto también trae el de recuerdo de tu desprecio, de tu coraje y de tus engaños. En ese recorrido puedo ver todos y cada uno de los lugares en los cuales me hiciste sentir incapaz de merecerte, donde podías humillarme y después irte sonriendo hacia las aguas del sur.
No debiste hacerlo pero lo hiciste. No debí caer, debí huir y pensar en mi antes que en ti pero no lo hice.
No debo excusarte con otros momentos lindos que pudimos vivir. La herida que tu daga furiosa dejo en mi, ahí esta y su cicatriz estará aquí por siempre.
Fue un sangrado constante por varios años hasta que se limitó justo cuando asimilé que mis lagrimas no son menos que las tuyas...
Hoy se cumple un año de que decidiste hacer un viaje. Sabía que te gustaba el tabaco y la cocaína, que los combinabas con fuertes cantidades de alcohol.
Sin duda tu música y el vino, van acompañados de la mano y de una mujer hermosa. Al menos para mí es la conjunción perfecta.
Cruzaste un puente y ahora tus moléculas están dispersas, tus rimas siguen haciendo soñar a muchas personas, sin importar la distancia, sin importar las palabras.
“Recuerdo el mar, soñé estar aquí y no recuerdo despertar... ya no confiaba despertar”
Ayer decidí comprarme el Vinil de una banda que me recuerda mucho tu nombre, y digo me recuerda porque ya no estás conmigo.
Salí de la tienda portando con orgullo el disco que compré, lo vi cerrado, reluciente, sin ninguna raspadura, sin duda es una pieza digna para los coleccionistas de música. Es real, repetía cada instante al mismo tiempo que no dejaba de ver lo que llevaba en las manos.
Tomé el trolebús sobre eje central Lázaro Cárdenas, pagué lo que correspondiente para llegar a mi casa. Me bajé en la esquina de Monterrey 122, colonia Roma. Caminé un par de calles, el clima nublado siempre me ha gustado, se me hace el idóneo para escuchar una buena pieza de música.
Por fin llegué, abrí la tercera puerta del lado izquierdo, ése es mi departamento, el número seis, como es costumbre mi gato me recibió con un maullido, seguro quiere comer.
Prendí las luces de la sala, aventé las llaves de mi casa, solté mi suéter, abrí una botella de vino que saqué de la nevera, agarré un vaso y tomé de la estufa unos cerillos, agarré de la mesa de sala unos cigarrillos que estaban abandonados por más de una semana, le prendí fuego y lo llevé a mi boca.
Con un pulso tembloroso llené hasta la mitad el vaso de vino, exhalé la primera nube de humo y desempaqué el vinilo. Admiré el arte del disco, paso después, lo coloqué en la torna mesa. Me senté en el sillón de color vino que le perteneció a mi abuela y empecé a disfrutar los sonidos que emiten ese par de bocinas empolvadas.
Recuerdo la primera vez que escuché el álbum, estaba en tu casa, bebimos demasiado Vodka y nos besamos toda la noche. No puedo apartar de mi memoria que, después de hacer el amor se te acalambran los dedos de los pies.
Esa noche rara, en la que me contaste la historia de cómo te hiciste la pequeña cicatriz en la ceja derecha, te dije por primera vez que te amaba.
Quise, con una gran avaricia, prolongar nuestra relación. Esta ambición me parece de lo más natural, porque te sigo amando. No he podido dejarte atrás, sé que el pasado es algo que no se puede romper, ni modificar, es algo con lo que debemos de vivir para siempre.
Hace poco presenté una solicitud de empleo en la Universidad para impartir cátedra de Discurso Audiovisual, me aceptaron. Entro a trabajar el próximo lunes. Estoy pensando en que tipo de ropa debo vestir en mi primer día de trabajo, supongo que una camisa casual bastará.
Quisiera tenerte a mi lado y dedicarte todo el tiempo de mi vida, hacerte la persona más feliz, pero no estás aquí. Te marchaste un domingo por la mañana, me quedé esperando en la cafetería que siempre visitamos con nuestros amigos. Nunca llegaste.
Han pasado más de 5 meses y todavía no sé nada de ti, ni una carta, ni tan siquiera una llamada telefónica me has hecho. Por la mañana me encontré a tu amiga Julia, se mudó al departamento contiguo; le pregunté por ti y no me supo contestar o más bien no quiso hacerlo.
El vinilo que compré se llama Funeral. Basta decir el nombre para que sepas que es de la banda que nos juntó. Así como se termina el vino y las bocinas dejan de sonar, se esfumó lo nuestro.
La pistola y yo nos miramos fijamente como si de un reto se tratase, es una star 308, mismo modelo con la que William Seward Burroughs asesinó a su esposa Joan. Sólo quiero decirte una cosa: si tú, en vez de marcharte te hubieras quedado, seríamos las personas más brillantes y daríamos una vuelta por el universo.
Imaginalo: escuchas la canción, (claro que se puede bailar), lo haces como si fuera vals, te mueves de izquierda a derecha y la abrazas, cierras lo ojos, te acercas a ella y la besas... aclaro que los dos tienen unas copas encima, entonces la canción llega al clímax, se siguen besando con los ojos cerrados. Nadie más a tu alrededor existe, estás mareado, no la quieres soltar.
Antes de comenzar esto, aclaro que no existe una historia. Hay un pasado que puede traernos un presente, pero no un futuro.
Empiezo por el final, porque es el principio de mi relato, de cómo la conocí.
Es de noche, la hora no importa. Hoy fue un día muy cansado, despertar temprano para ir al trabajo me ha agotado de sobremanera, hacer la rutina diaria me está aburriendo, creo que debo de hacer más interesante mi vida. El desayuno debe de ser más sólido que líquido, adiós Red Bull (no por hoy).
Siempre me ha gustado verme por las mañanas frente al espejo, hacer un ejercicio de visualización para saber si he obtenido algún poder o si mi semblante a cambiado, gran decepción… sigo siendo el mismo, no hay cambios.
El tiempo es mi enemigo número uno, creo que otra vez llegaré tarde a la redacción; no hay que pensar, agarro la camisa a cuadros que está colgada, los pantalones que me he puesto toda la semana, y los tenis que me regaló mi amigo Andrés antes de irse a New Orleans, no sé nada de él desde entonces.
Salgo corriendo, sin saber que iba a olvidar la billetera que me compré hace un año. Siempre me ha gustado hacerme obsequios, lo merezca o no. Abordo el metrobús, no me gusta usarlo porque siempre va a reventar, pero no tengo de otra, es el medio de transporte que más me acerca al trabajo.
No me puedo mover, la única tarea básica que puedo hacer es respirar, parpadear y pensar (a veces). Por fin me pude bajar, en una estación incorrecta, me pasé pero no es de sorprenderse, no es la primera vez y sé que no será la última. Abro el cierre de mi mochila, saco los audífonos, los conecto a mi reproductor, ¿Qué canción quiero escuchar? La que sea, sólo quiero soñar con ella. Agarro el último cigarro y en serie polaroid lo llevo a mis labios, le prendo fuego y saco la primera bocanada de humo.
Escucho An Animal In Your Care, de Wolf Parade; hace tiempo no paraba de escucharlos, su música me provoco una adicción, así como lo hace una droga en el cuerpo de cualquier hombre. Camino a una velocidad normal, siempre he pensado que las personas que caminan rápido tienen serios problemas y que intentan escapar de ellos.
He llegado a mi trabajo, no he podido dejar de pensar en ella, prendo el ordenador, necesito terminar la nota sobre el ciclo de Federico Fellini, he de aceptar que soy un fiel seguidor al cine de éste Director italiano. Muy bien, voy a empezar con la Dolce Vita.
Fellini, que trabajó con Pasolini en este proyecto, intentó hacer una reflexión en torno a la figura del periodista, que había sido abordada desde mucho tiempo antes, sobre todo por el mejor cine hollywoodense en la década de los cuarenta y cincuenta (The Front page de Lewis Milestone, Ciudadano Kane de Orson Welles o Meet John Doe de Frank Capra, por mencionar algunos), pero fracasó. (Creo que me estoy desviando).
Después de un largo rato de regresiones, he terminado la nota de aquel cineasta que me hace recordarla a cada instante, su nombre seguirá muy presente en la sensibilidad de mis labios. Quiero verla.
Ha llegado la hora de darme un descanso, no tengo ganas de regresar al trabajo, me saldré con mis cosas sin despedirme de nadie. Soy libre, iré a la tienda de discos por el cd de David Bowie, quiero el Aladdin Sane. Cada vez que escucho Drive in Saturday, me recuerda la Opera Prima de Anton Corbjin, basada en la vida de Ian Curtis, vocalista y líder de la extinta banda Joy Division. Estoy varado en la entrada de la tienda con mi compra en la mano, viendo al oeste y contemplando la puesta de sol.
La tarde está cayendo y yo todavía no sé qué hacer; lo mejor será que vaya por una cerveza, quiero despejar mi mente, no puedo sacarme de la cabeza una canción que escuché el primer día que hablé con ella.
Estoy de pie en la barra con la mano izquierda agarrando la cerveza y con la derecha recargada en el mostrador, hago una revisión de rutina, puede que me encuentre algún conocido, mala suerte no conocía a nadie, hasta que vi una silueta familiar. Ahí estaba ella, de pie al igual que yo, con un look bastante fresco, sin ser fachoso y con el cabello acomodado del lado izquierdo, unos jeans claros y un par tenis de color azul.
Se acercó a la barra pidió una cerveza clara y volteo a sonreírme, le contesté con ánimo el saludo. La seguí con la mirada sin que se diera cuenta hasta que se sentó un una mesa para dos, regresé la mirada al fondo de mi botella y sufrí por un instante. Escuché un “tss” y voltee a verla, me hizo una seña con la cabeza de que la acompañara a su lado.
No hablamos nada, sólo quería verla, no necesitaba abrir la boca y decir un “qué tal”, en ésta ocasión sólo nos vimos como dos extraños que se encuentran en la calle. Llamó al mesero, le susurró algo al oído y se paró de la mesa, me quedé atónito, no sabía lo que pasaba. Le dije un “oye” acto seguido ella me respondió, “ven, vamos”.
Llegamos a la entrada de lo que imaginé era su departamento, claramente vi cómo sacó las llaves de su bolso y abrió la puerta. Me invitó a pasar, sacó de la nevera una botella de vino y tomó un par de copas de una vitrina. Me senté en la orilla del sillón, estaba excitado, no sabía que pensar o cómo actuar.
Antes de sentarse a mi lado prendió el estéreo y empezó a sonar una canción ligeramente conocida. Me entregó una copa a medio llenar. Me dijo: “me llamo Sofía”, sonreí, le di un trago al vino y contesté: “Fidel”. Platicamos mucho tiempo y el vino fluía cada vez más rápido, la lengua la sentía entumecida, pero nunca deje de beber.
Los dos estábamos ebrios, tomados de la mano y viéndonos fijamente a los ojos. La besé como si no tuviera otra oportunidad de hacerlo, Sofía me soltó la mano para cerrar mis ojos y acariciar mi mejilla. Mientras tenía los ojos cerrados no pensé en nada, no había colores ni puntos en blanco. Y los besos y la saliva y las caricias eran diferentes, el vino hizo lo suyo. Ahora, estamos de costado, como dos amantes entrelazados en una cama. Desearía nunca despertar.