Ayer decidí comprarme el Vinil de una banda que me recuerda mucho tu nombre, y digo me recuerda porque ya no estás conmigo.
Salí de la tienda portando con orgullo el disco que compré, lo vi cerrado, reluciente, sin ninguna raspadura, sin duda es una pieza digna para los coleccionistas de música. Es real, repetía cada instante al mismo tiempo que no dejaba de ver lo que llevaba en las manos.
Tomé el trolebús sobre eje central Lázaro Cárdenas, pagué lo que correspondiente para llegar a mi casa. Me bajé en la esquina de Monterrey 122, colonia Roma. Caminé un par de calles, el clima nublado siempre me ha gustado, se me hace el idóneo para escuchar una buena pieza de música.
Por fin llegué, abrí la tercera puerta del lado izquierdo, ése es mi departamento, el número seis, como es costumbre mi gato me recibió con un maullido, seguro quiere comer.
Prendí las luces de la sala, aventé las llaves de mi casa, solté mi suéter, abrí una botella de vino que saqué de la nevera, agarré un vaso y tomé de la estufa unos cerillos, agarré de la mesa de sala unos cigarrillos que estaban abandonados por más de una semana, le prendí fuego y lo llevé a mi boca.
Con un pulso tembloroso llené hasta la mitad el vaso de vino, exhalé la primera nube de humo y desempaqué el vinilo. Admiré el arte del disco, paso después, lo coloqué en la torna mesa. Me senté en el sillón de color vino que le perteneció a mi abuela y empecé a disfrutar los sonidos que emiten ese par de bocinas empolvadas.
Recuerdo la primera vez que escuché el álbum, estaba en tu casa, bebimos demasiado Vodka y nos besamos toda la noche. No puedo apartar de mi memoria que, después de hacer el amor se te acalambran los dedos de los pies.
Esa noche rara, en la que me contaste la historia de cómo te hiciste la pequeña cicatriz en la ceja derecha, te dije por primera vez que te amaba.
Quise, con una gran avaricia, prolongar nuestra relación. Esta ambición me parece de lo más natural, porque te sigo amando. No he podido dejarte atrás, sé que el pasado es algo que no se puede romper, ni modificar, es algo con lo que debemos de vivir para siempre.
Hace poco presenté una solicitud de empleo en la Universidad para impartir cátedra de Discurso Audiovisual, me aceptaron. Entro a trabajar el próximo lunes. Estoy pensando en que tipo de ropa debo vestir en mi primer día de trabajo, supongo que una camisa casual bastará.
Quisiera tenerte a mi lado y dedicarte todo el tiempo de mi vida, hacerte la persona más feliz, pero no estás aquí. Te marchaste un domingo por la mañana, me quedé esperando en la cafetería que siempre visitamos con nuestros amigos. Nunca llegaste.
Han pasado más de 5 meses y todavía no sé nada de ti, ni una carta, ni tan siquiera una llamada telefónica me has hecho. Por la mañana me encontré a tu amiga Julia, se mudó al departamento contiguo; le pregunté por ti y no me supo contestar o más bien no quiso hacerlo.
El vinilo que compré se llama Funeral. Basta decir el nombre para que sepas que es de la banda que nos juntó. Así como se termina el vino y las bocinas dejan de sonar, se esfumó lo nuestro.
La pistola y yo nos miramos fijamente como si de un reto se tratase, es una star 308, mismo modelo con la que William Seward Burroughs asesinó a su esposa Joan. Sólo quiero decirte una cosa: si tú, en vez de marcharte te hubieras quedado, seríamos las personas más brillantes y daríamos una vuelta por el universo.
Salí de la tienda portando con orgullo el disco que compré, lo vi cerrado, reluciente, sin ninguna raspadura, sin duda es una pieza digna para los coleccionistas de música. Es real, repetía cada instante al mismo tiempo que no dejaba de ver lo que llevaba en las manos.
Tomé el trolebús sobre eje central Lázaro Cárdenas, pagué lo que correspondiente para llegar a mi casa. Me bajé en la esquina de Monterrey 122, colonia Roma. Caminé un par de calles, el clima nublado siempre me ha gustado, se me hace el idóneo para escuchar una buena pieza de música.
Por fin llegué, abrí la tercera puerta del lado izquierdo, ése es mi departamento, el número seis, como es costumbre mi gato me recibió con un maullido, seguro quiere comer.
Prendí las luces de la sala, aventé las llaves de mi casa, solté mi suéter, abrí una botella de vino que saqué de la nevera, agarré un vaso y tomé de la estufa unos cerillos, agarré de la mesa de sala unos cigarrillos que estaban abandonados por más de una semana, le prendí fuego y lo llevé a mi boca.
Con un pulso tembloroso llené hasta la mitad el vaso de vino, exhalé la primera nube de humo y desempaqué el vinilo. Admiré el arte del disco, paso después, lo coloqué en la torna mesa. Me senté en el sillón de color vino que le perteneció a mi abuela y empecé a disfrutar los sonidos que emiten ese par de bocinas empolvadas.
Recuerdo la primera vez que escuché el álbum, estaba en tu casa, bebimos demasiado Vodka y nos besamos toda la noche. No puedo apartar de mi memoria que, después de hacer el amor se te acalambran los dedos de los pies.
Esa noche rara, en la que me contaste la historia de cómo te hiciste la pequeña cicatriz en la ceja derecha, te dije por primera vez que te amaba.
Quise, con una gran avaricia, prolongar nuestra relación. Esta ambición me parece de lo más natural, porque te sigo amando. No he podido dejarte atrás, sé que el pasado es algo que no se puede romper, ni modificar, es algo con lo que debemos de vivir para siempre.
Hace poco presenté una solicitud de empleo en la Universidad para impartir cátedra de Discurso Audiovisual, me aceptaron. Entro a trabajar el próximo lunes. Estoy pensando en que tipo de ropa debo vestir en mi primer día de trabajo, supongo que una camisa casual bastará.
Quisiera tenerte a mi lado y dedicarte todo el tiempo de mi vida, hacerte la persona más feliz, pero no estás aquí. Te marchaste un domingo por la mañana, me quedé esperando en la cafetería que siempre visitamos con nuestros amigos. Nunca llegaste.
Han pasado más de 5 meses y todavía no sé nada de ti, ni una carta, ni tan siquiera una llamada telefónica me has hecho. Por la mañana me encontré a tu amiga Julia, se mudó al departamento contiguo; le pregunté por ti y no me supo contestar o más bien no quiso hacerlo.
El vinilo que compré se llama Funeral. Basta decir el nombre para que sepas que es de la banda que nos juntó. Así como se termina el vino y las bocinas dejan de sonar, se esfumó lo nuestro.
La pistola y yo nos miramos fijamente como si de un reto se tratase, es una star 308, mismo modelo con la que William Seward Burroughs asesinó a su esposa Joan. Sólo quiero decirte una cosa: si tú, en vez de marcharte te hubieras quedado, seríamos las personas más brillantes y daríamos una vuelta por el universo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario